miércoles, 7 de noviembre de 2007

El Sacerdocio-Jesus de la Heras


(En la Hoja o publicación semanal "EL ECO" de mi diócesis de Sigüenza-Guadalajara, escribí, con fecha 28 de noviembre de 1982, el siguiente artículo sobre mi ordenación sacerdotal de hace ahora 25 años y que reproduzco tal cual lo escribí entonces. Un cuarto de siglo después sigo dando gracias por el inmenso e inmerecido don de la ordenación sacerdotal. El Señor que empezó en mi la buena obra, El mismo lo lleva a término.)

Que el Señor ha estado grande, muy grande con nosotros, y estamos alegres, muy alegres, serena y profundamente alegres, no cabe duda alguna. Los que sembrábamos con lágrimas -las lágrimas en forma de rutina, desánimo, de crítica, de cruz-, cosechamos entre cantares. Y al volver, hemos vuelto, cantando, trayendo las gavillas, las primeras gavillas de la nuestra primera gran cosecha: el sacerdocio de Cristo para siempre.

Queridos lectores: ¡con qué alegría me presento hoy ante vosotros como sacerdote de Jesucristo y de su Iglesia y servidor de todos! Desde el pasado 8 de noviembre soy sacerdote para siempre. ¡Demos gracias a Dios!

De ahí, por tanto, que no sepa cómo articular esta crónica de hoy de mi sacerdocio recién abierto. Os podría decir tantas cosas...Y os hablaría de que el Espíritu del Señor, que me infundió el carácter y la gracia sacramental de manos de Juan Pablo II, en aquella hermosa mañana valenciana, fue para mí como la llega de un viejo y querido amigo, que, por fin, sin prisas pero sin pausas, venía para quedarse definitivamente y para siempre conmigo. Era un momento y una realidad tan larga, serena y gozosamente esperada que la recibí con la mayor de las naturalidades; era como la conclusión lógica de un silogismo, como el resultado de una operación matemática que estaba seguro iba a acertar.

- "Un nuevo ser está naciendo en mi..., sacerdote para siempre, sacerdote para siempre... Vas a ser prolongación y testigo de Jesucristo... Una nueva vida de consagración y de servicio para ser este nuevo, identificado ontológica y sacramentalmente con Cristo...".

- "Ven, Espíritu, ven y quédate para siempre...".

- "Gracias, Señor, de corazón. Delante de los ángeles y de los hombres cantaré para ti... Gracias, Señor, por fin llegas. Quédate. Te necesito".

Era mi monólogo de esta venturosa mañana, de aquella mañana sagrada en Valencia el pasado 8 de noviembre.

Y es que, sí, en Valencia, el 8 de noviembre pasado, ante tantos miles y miles de personas, con las cámaras de Eurovisión, y ante el Papa Juan Pablo II, a media mañana -para mí, de 12,27 a 12,39 horas- el Espíritu del Señor estuvo alumbrando en mi un nuevo ser más divino que humano, prolongación del mismo Cristo Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, que me hacía, a mis 23 años largos, con mis pocas luces y mis muchas sombras, sacerdote para la eternidad. Dios abría conmigo en Valencia una cuenta hasta la eternidad y me constituía mediador entre El y los hombres. ¡Qué grande es el sacerdocio y qué indigno somos los hombres para acceder a él!
Y luego Juan Pablo II, ¡qué persona tan impresionante! Su rostro es frágil y trasluce la presencia de la verdadera santidad. Su mirada es intensa, penetrante y profunda. Su voz, clara y vigorosa, sus palabras sinceras y aleccionadoras. "Debéis ser SACERDOTE DE CUERPO ENTERO, SACERDOTES DE CUERPO ENTERO". Dicen que su homilía duró cerca de 40 minutos y que fue interrumpida, con aplausos y vítores, en 34 ocasiones. En ella nos habló de corazón a corazón acerca de lo que es el sacerdote y nos recordó, como el padre hace con el hijo, la grandeza, las obligaciones y los compromisos que se deben cumplir. "Sacerdotes de cuerpo entero". A nosotros, los 141 jóvenes diáconos que íbamos a ser ordenados sacerdotes inmediatamente, esta frase y la homilía entera nos parecía el lema y la meta de un sacerdocio que estaba a punto de abrirse, que iba ya a nacer... "Sacerdotes de cuerpo entero". Amén.

El rito de la ordenación sacerdotal me lo sabía de memoria. Desde la presentación de los candidatos y las consideraciones acerca de su dignidad hasta llegar al abrazo de la paz. Me lo sabía, sí, casi de memoria, momento a momento, pregunta a pregunta, respuesta a respuesta, rito a rito. ¡Tantas veces lo hacía rezado los meses previos a la ordenación! Y lo hoy lo iba a vivir. Dos momentos me causaban mayor intensidad y emoción: la letanía de los santos, en que postrados al suelo imploramos la protección divina, y la imposición de manos con la consiguiente oración consacratoria. Una vez realizados ambos momentos, el diácono ya es presbítero y se ha colocar la estola, hasta entonces cruzada, en la posición presbiteral para a continuación vestir la casulla.

Y así nuestra primera misa iba a comenzar. Nuestra consagración, identificación y misión a lo Cristo se inauguraba: un nuevo hombre para una nueva vida.

Tras estos ritos sacros, venía la unción de las manos con el óleo santo: estas pobres y pecadores manos nuestras son desde entonces manos de Cristo, manos de su perdón, de su acogida, de su amor, de su gracia. La entrega de la patena con el pan y del cáliz con el vino para celebrar la Eucaristía -centro y fuerza de nuestra vida- y las palabras impresionantes de la llamada entrega de instrumentos, quebraba el alma y el corazón: "Recibe la ofrenda del Pueblo fiel para presentarla ante Dios. Considera lo que realizas, imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz de Cristo". ¡Qué frase, qué verdad, qué descripción del sacerdocio!

Y, sí, ya, por fin, el abrazo de la paz, que era otro momento de encuentro con el Santo Padre:

- "Pax tecum".

- "Pax tecum. Gracias, Santo Padre".

Y ya nuestra primera Misa iba a comenzar. Por primera vez, yo iba a aplicar y a perpetuar el sacrificio de la Redención y atraer sus gracias y bendiciones infinitas. Por primera vez, ya sacerdote para siempre, iba a actuar "in persona Christi". Por primera vez, el cielo estaría más cerca de la tierra a través de mis gestos y mi plegaria sacramentales. Por primera vez, era prolongación de único Mediador y Sacerdote...

Y el corazón y la mente se sintieron gozosa, sentida y serenamente estremecer y solo saber balbucear "gracias, Señor". "Tu mano proteja a tu elegido, al hombre que tu fortaleciste". "El Señor que comenzó en mi la buena obra, El mismo la lleve a término".