martes, 15 de enero de 2008

Los católicos ante el aborto


Los católicos ante el aborto


¿Qué entiende la Iglesia por aborto?



La Iglesia Católica entiende por aborto la muerte provocada del feto,
realizada por cualquier método y en cualquier momento del embarazo desde el
instante mismo de la concepción. Así ha sido declarado el 23 de mayo de 1 988
por la Comisión para la Interpretación Auténtica del Código de Derecho Canónico.




La cuestión del aborto provocado, ¿es sólo un problema científico,
político o social?



Ciertamente, no. Esta cuestión es, desde luego, un problema científico,
político y social grave. Pero también es, y en gran medida, un serio problema
moral para cualquiera, sea o no creyente.



¿Tenemos los católicos obligaciones adicionales acerca de la cuestión
del aborto, respecto de los no católicos o no creyentes?



Todo hombre y toda mujer, si no quieren negar la realidad de las cosas y
defienden la vida y la dignidad humanas, han de procurar por todos los medios
lícitos a su alcance que las leyes no permitan la muerte violenta de seres
inocentes e indefensos. Pero los cristianos, entre los que nos contamos los
católicos, sabemos que la dignidad de la persona humana tiene su más profundo
fundamento en el hecho de ser hijos de Dios y hermanos de Jesucristo, que quiso
ser hombre por amor a todos y cada uno de nosotros.



Por eso los católicos, si vivimos nuestra fe, valoramos en toda su dimensión
el drama terrible del aborto como un atentado contra esta dignidad sagrada. Más
que de obligaciones adicionales, pues, habría que hablar de una más profunda y
plena comprensión del valor de la persona humana, gracias a nuestra fe, como
fundamento para nuestra actitud en favor de la vida, ya que sabemos que el
olvido de Dios lleva con más facilidad al olvido de la dignidad humana.



Como católica, ¿en qué incurre una persona que realiza o consiente
que le realicen un aborto?



Quien consiente y deliberadamente practica un aborto, acepta que se lo
practiquen o presta una colaboración indispensable a su realización, incurre en
una culpa moral y en una pena canónica, es decir, comete un pecado y un delito.




¿En qué consiste la culpa moral?



La culpa moral es un pecado grave contra el valor sagrado de la vida humana.
El quinto Mandamiento ordena no matar. Es un pecado excepcionalmente grave,
porque la víctima es inocente e indefensa y su muerte es causada precisamente
por quienes tienen una especial obligación de velar por su vida.



Además, hay que tener en cuenta que al niño abortado se le priva del
Sacramento del Bautismo.



¿Qué es una pena canónica?



La pena canónica es una sanción que la Iglesia impone a algunas conductas
particularmente relevantes, y que está establecida en el Código de Derecho
Canónico, vigente para todos los católicos.



¿En qué pena canónica incurre quien procura un aborto?



El que procura un aborto, si sabe que la Iglesia lo castiga de este modo
riguroso, queda excomulgado. El Canon 1398 dice: "Quien procura un aborto, si
éste se produce, incurre en excomunión Latae sententiae"



Por otra parte, el Canon 1041 establece que el que procura un aborto, si éste
se consuma, así como los que hayan cooperado positivamente, incurre en
irregularidad, que es el impedimento perpetuo para recibir órdenes sagradas.




¿Qué quiere decir incurrir en excomunión?



Significa que un católico queda privado de recibir los Sacramentos mientras
no le sea levantada la pena: no se puede confesar válidamente, no puede
acercarse a comulgar, no se puede casar por la Iglesia, etc. El excomulgado
queda también privado de desempeñar cargos en la organización de la Iglesia.




¿Qué quiere decir que una excomunión es Latae sententiae?




Con esta expresión se quiere decir que el que incurre en ella queda
excomulgado automáticamente, sin necesidad de que ninguna autoridad de la
Iglesia lo declare para su caso concreto de manera expresa.



¿Significa algo especial la frase "si éste -el aborto- se produce"?




Sí. Quiere decir que, para que se produzca la pena de excomunión, el aborto
debe consumarse, es decir, el hijo ha de morir como consecuencia del aborto. Si,
por cualquier circunstancia, el aborto no llega a consumarse, no se producirá la
excomunión, aunque se dará el pecado.



En el caso del aborto, ¿quiénes incurren en la pena de excomunión?




Si se dan las condiciones que configuran la pena de excomunión, en este caso
quedan excomulgados, además de la mujer que aborta voluntariamente, todos los
que han prestado colaboración indispensable a que se cometa el aborto: quienes
lo practican, quienes los ayudan de modo que sin esa ayuda no se hubiera
producido el aborto, etc.



¿Qué razón de ser tiene que el aborto está condenado por una pena
canónica tan grave como es la excomunión?



La razón de ser de esta norma es proteger -también de esta manera, no sólo
con la catequesis y la recta formación de la conciencia- la vida del hijo desde
el instante mismo de la concepción, porque la Iglesia se da cuenta de que la
frágil vida de los hijos en el seno materno depende decisivamente de la actitud
de los más cercanos, que son, además, quienes tienen más directa y especial
obligación de protegerla: padres, médico, etc. Luego, cuando el niño nazca,
estará ya además protegido de alguna manera por la sociedad misma.



La Iglesia ha entendido siempre que el aborto provocado es uno de los peores
crímenes desde el punto de vista moral. El Concilio Vaticano II dice a este
respecto: "Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la insigne misión
de proteger la vida, que se ha de llevar a cabo de un modo digno del hombre. Por
ello, la vida ya concebida ha de ser salvaguardada con extremados cuidados; el
aborto y el infanticidio son crímenes abominables" (Const. "Gaudium et Spes").




Pero ya que en los últimos años cada vez hay más Estados que permiten
el aborto, ¿no habría sido un gesto de benevolencia de la Iglesia el haber
mitigado las penas para los católicos que aborten?



La Iglesia pudo haber cambiado, en la última y profunda revisión del Código
de Derecho Canónico culminada en 1983, la pena de excomunión que pesa sobre los
que procuran conscientemente un aborto, pero no lo hizo así precisamente porque
en las últimas décadas se ha producido en todo el mundo una acusada relajación
de la sensibilidad de las gentes (y también de muchos creyentes) hacia este
crimen. Y si bien esta mayor laxitud social, que ejerce una presión cierta sobre
las conciencias, puede disminuir la gravedad del delito en algunos casos, una
atenuación de la pena habría suscitado, inevitablemente, la errónea idea de que
la Iglesia considera hoy el aborto provocado como menos grave que antes, cuando,
evidentemente, no es así.



La Iglesia es Madre y Maestra; como Madre, es lenta para la ira y fácil para
el perdón, pero como Maestra no puede desvirtuar el depósito de la doctrina
legado por Dios, y no puede decir que está bien lo que está mal, ni puede dar
pie a que nadie suponga que actúa de esta manera.



¿Puede suceder que alguna persona consienta o colabore en un aborto y
no incurra en excomunión?



Sí. Dado que en Derecho Canónico no existe delito si no hay pecado grave, hay
circunstancias en las que no se incurre en esta pena, que requiere plena
imputabilidad. Por ejemplo, no quedan excomulgados los que procuran un aborto si
ignoran que se castiga con la excomunión; los que no tengan conciencia de que
abortar voluntariamente es pecado mortal; los que han intervenido en un aborto
forzados con violencia irresistible contra su voluntad o por miedo grave; los
menores de edad...; en general, los que han obrado sin plena advertencia y pleno
consentimiento.



En el caso de que un médico (o un anestesista o una enfermera), por
no estar dispuesto a realizar este tipo de intervenciones, fuese despedido y
padecieran necesidad él y su familia, ¿podría colaborar?



Nunca se puede colaborar de modo positivo en la comisión de un acto que va
contra la ley de Dios, que hay que obedecer antes que a la ley de los hombres.
El católico que se halla en esta situación tiene la obligación grave de
ampararse en el derecho a la objeción de conciencia, aunque esta actitud pueda
acarrearle represalias.



El profesional sanitario cristiano ha de tener presente, además, que si es
conocida su condición de creyente puede provocar un grave escándalo si colabora
a la práctica de abortos.



Si los familiares de ese profesional son también cristianos, tienen la
responsabilidad humana y moral de ayudarle a sobrellevar las dificultades,
apoyarle en sus decisiones y hacer causa común con él en esos momentos de
tribulación. Y esta responsabilidad alcanza también a sus amigos y colegas, si
son cristianos y quieren vivir auténticamente su fe, así como a los miembros de
la comunidad católica en que el profesional sanitario se desenvuelva.



¿Y qué ha de hacer el resto de las personas que trabajan en un
hospital donde se practican habitualmente abortos?



Esas personas han de poner todos los medios lícitos a su alcance para que se
dejen de practicar abortos. En cualquier caso, han de negar su colaboración
directa a esas acciones.



¿No es la doctrina católica sobre el aborto una dura doctrina, que
muy pocos podrán seguir?



Casi con estas mismas palabras replicaron los contemporáneos de Jesús cuando
oyeren su predicación. Y el mismo Jesús nos dijo que hay que seguir el sendero
estrecho para llegar al Reino de los Cielos. Seguir a Cristo en Su Iglesia no es
fácil, pero con la Gracia de Dios se allana el camino y se superan las
dificultades, por grandes que parezcan. También nos dijo Jesús que fuéramos a Él
con confianza, y Él nos aliviaría de nuestras angustias.



La doctrina católica sobre el aborto no proviene de la voluntad de la
autoridad eclesiástica, sino que está fundamentada en lo más profundo de la
naturaleza de las cosas queridas por Dios, que se expresa en la Ley que Él nos
ha dado a conocer, y que la Iglesia tiene la misión de transmitir. Pero la
Iglesia cumple también con su deber siendo el ámbito en que los cristianos
pueden fortalecer mejor su fe y ser ayudados y estimulados a vivir más
intensamente su vida cristiana.



¿Cómo puede levantarse una excomunión, tras haber colaborado en un
aborto consumado?



Si un católico se encuentra en esta situación, debe acudir al obispo o al
sacerdote en quien éste delegue. En la práctica, puede dirigirse a cualquier
sacerdote, que le indicará lo que debe hacer.



¿Tienen los católicos, además de la obligación grave de no colaborar
en ningún aborto provocado, otras obligaciones en esta materia?



Todos los católicos estamos llamados a una vida plena, es decir, a la
santidad, y a contribuir activamente a la extensión del Reino de Dios en la
tierra llevando el Evangelio hasta el último rincón del mundo. Si todo miembro
responsable de una sociedad que se proclama civilizada tiene el deber de
defender la vida y la dignidad humanas, por muchas más razones los católicos
hemos de asumir esta tarea.



¿Cómo se puede hacer esto, en el caso del aborto?



El lograr que en una sociedad se respete el derecho a la vida es
responsabilidad de todos en su actividad cotidiana, pues todos, con el ejemplo
de su conducta, sus palabras, sus escritos, sus opiniones, su voto, la educación
de sus hijos, etc., influyen en lo que se piensa, en cómo se vive Y en lo que se
legisla.



Ciertamente, un papel importante corresponde a políticos, educadores y
responsables de medios de Comunicación social, por la repercusión que sus
palabras o sus acciones tienen en la colectividad; pero ellos, al tiempo que
influyen sobre la sociedad, son influidos a su vez también por ella.



¿Qué puede hacer para influir en esta materia un cristiano corriente,
un ciudadano normal que ni sale en la televisión, ni habla desde una cátedra o
una tribuna pública?



Lo primero que cada uno puede y debe hacer para afirmar la vida es vivir con
la conciencia de su dignidad. Sólo afirmaremos la vida de otros si nosotros
percibimos la nuestra en toda su grandeza y si nuestra conducta es coherente con
nuestra convicción. El ejemplo de Jesús, tomando en serio a cada una de las
personas que se encontraba, debe servirnos para que todos los que se crucen en
nuestra vida se sientan valorados y tenidos en cuenta como seres únicos. Una
afirmación así de la vida personal en nuestras experiencias cotidianas hará
posible que surja, naturalmente, la estima por todos y cada uno de los seres
humanos, también los concebidos y no nacidos. Pero junto a esta actitud general,
caben muchas maneras concretas de trabajar específicamente en favor de la vida:








Rogando al Señor por los legisladores y los dirigentes sociales en general,
para que sepan comprender que los hijos concebidos y no nacidos son los más
inocentes y los más indefensos miembros de, nuestra sociedad, y que, como ha
dicho repetidamente el Papa Juan Pablo li, nunca se puede legitimar la muerte
de un inocente.





No despreciando el valor moral del dolor y del sacrificio, cuyo rechazo
lleva a justificar cualquier intento de acabar con lo que se cree que son sus
causas, incluidos los ancianos o enfermos inútiles, los deficientes que son
una carga o los nuevos hijos que pueden complicar la vida o disminuir el
bienestar de la familia.





Acogiendo y ayudando, también económicamente, a quienes, por razón de su
maternidad, se encuentran en situaciones difíciles.





Recibiendo con alegría, por duro que pueda ser, al nuevo hijo enfermo o
deficiente que llegue a la familia, como una bendición de Dios. Es ejemplar el
testimonio de numerosísimos padres cristianos en este sentido.





Reaccionando positivamente ante escritos públicos o programas audiovisuales
que defiendan la vida humana, y críticamente ante los que la ataquen.





Orientando el voto hacia las alternativas que merezcan más confianza por
sus actitudes ante la vida en general, y ante la cuestión del aborto provocado
en particular.





Informando a quienes nos rodean, con caridad, pero con firmeza y claridad,
de la realidad del hijo no nacido y de la importancia de defender su derecho a
vivir.





Los médicos, en especial los ginecólogos, y otros profesionales sanitarios,
empleando los medios técnicos que permiten que una madre vea en una ecografía,
con sus propios ojos, al hijo en sus entrañas, moviéndose, nadando, chupándose
el dedo. Se ha dicho que si el vientre de las madres fuera transparente,
muchos verían la cuestión del aborto provocado de otra manera.



Son sólo algunos ejemplos que puedan dar idea del enorme campo que un
cristiano tiene ante sí en relación con este gravísimo problema.



¿Es razonable pensar que un día la vida y la dignidad humanas se
respetarán desde la concepción hasta la muerte?



No es posible contestar rotundamente a esta cuestión, pero hacia este
objetivo deben encaminarse los esfuerzos de todos los que aspiran a un mundo
justo. Las agresiones a la vida humana, especialmente de los inocentes, han
tenido siempre en la historia consecuencias dramáticas. Los cristianos sabemos
que cuando las personas y las colectividades han reconocido a Jesucristo, este
reconocimiento ha supuesto una afirmación de la vida sin parangón con cualquier
otra cultura. Por eso debemos empeñarnos en la extensión de la presencia de
Cristo en la sociedad, porque de este modo los hombres reconocerán su propia
grandeza y podrán vivir con una nueva conciencia propia dignidad. Con el auxilio
de Jesús y de su madre, que lo concibió en su seno, y con el ejemplo nuestra
propia vida, será posible trabajar mejor en defensa de este ideal.



Fuente: "EL ABORTO"
100 CUESTIONES Y RESPUESTAS SOBRE LA
DEFENSA DE LA VIDA HUMANA
Y LA ACTITUD DE LOS CATÓLICOS
Conferencia
Episcopal Española
Comité para la Defensa de la Vida
Madrid, 25 de marzo
de 1991